La división sexual del trabajo y la división social del cuidado representan la base sobre la que se estructura el patriarcado, históricamente nos han dicho que el amor es lo que las sostiene y de esa manera han invisibilizado el trabajo qué hay detrás. En pleno siglo XXI seguimos siendo principalmente las mujeres quienes asumimos estas tareas tan importantes para el sostenimiento de la vida.

Durante el ASPyO en el marco de la Pandemia x COVID-19, estas tareas cobraron principal relevancia y se hicieron visibles a pesar de que para muchos no configuran trabajo. Tender la cama, hacer el desayuno, limpiar, ordenar, cocinar, cuidar a otrxs (niñxs, adultxs mayores, discapacitadxs) son algunas de las acciones que implican desarrollar el trabajo necesario para sostener la vida humana. En contexto de normalidad las mujeres invertimos el doble de horas que los varones en las mismas por día (6hs en promedio).

Por otro lado, en nuestro país el 22% de las trabajadoras asalariadas se desempeña en el sector de servicios domesticos, sector con un alto nivel de informalidad y precaridad. Con salarios por demás insuficientes (los más bajos de la economía) el trabajo doméstico es uno de los más feminizados junto con la educación y la salud (tareas que representan la extensión del trabajo del cuidado fuera de nuestros hogares).

Hacer visible y asignarle valor al trabajo doméstico es un punto de partida. Compartir estas tareas con los varones de igual a igual un norte por el que desde los feminismos venimos trabajando desde hace muchísimo tiempo. En la misma dirección que el Estado asuma la responsabilidad de incorporar en su agenda las políticas de cuidado imprescindibles para desnaturalizar las asimetrías y violencias de género, y así avanzar en sociedades más justas e igualitarias, es sin dudas un paso adelante y otra de las conquistas de los feminismos.