Hace 35 años sentamos a la impunidad de la dictadura en el banquillo de los tribunales.

Pusimos a los genocidas bajo la mirada de los jueces y de toda la sociedad, que pudo ver con claridad sus crímenes aberrantes, sus campos de tortura y exterminio, su corrupción gigantesca, su desprecio a la vida y también su hipocresía.

Hace 35 años comenzaron los juicios del Nunca Más. Y allí los ideólogos de la muerte se enfrentaron con una parte de sus víctimas, escucharon de sus gargantas firmes pero llenas de dolor historias de secuestros, picana, enterramientos clandestinos y desapariciones.

Aquel juicio fue un hito en un largo camino buscando memoria, verdad y justicia. Fueron el reflejo del coraje político de un presidente como Raúl Alfonsín y también la respuesta inevitable al reclamo popular de encarcelar a aquellos golpistas y asesinos que tanto mal le habían producido al país.

Ese reclamo continuó tiempo después cuando enfrentamos las leyes de Obediencia Debida y punto final, con la que el radicalismo quiso cerrar la historia presionado por los alzamientos carapintadas y esa misma convicción de continuar la pelea nos llevó a decirle NO a los indultos de Menem.

El contexto de aquel momento era complejo, nada indicaba que la retirada militar era definitiva. Sus bandas y grupos de tareas seguían en las calles, metiendo miedo, reteniendo gente, golpeándola, amenazando testigos y buscando prolongar el silencio. Ellos tenían muchas veces la complicidad de la policía, de varios jueces y fiscales que les debían favores o habían sido sus socios en los años oscuros, y algunos de sus jefes -como Menéndez en Córdoba- participaban en actos oficiales invitados por el gobierno radical.

A pesar de eso, en los largos días durante los cuales se juzgó a la juntas militares que se sucedieron entre el 76 y el 82, quedó claro que entre los comandantes del horror no había nada de patriotismo, sino un odio profundo al pueblo, la decisión de destruir el aparato productivo nacional y la visión de que el destino argentino era el de ser otra colonia manejada por control remoto desde el norte.

Afuera de los salones de la corte, millones -especialmente jóvenes- empujábamos para que nadie diera un paso atrás y mientras celebrábamos con alegría la recuperación de la democracia, nos manteníamos firmes sabiendo que solo con justicia afianzaríamos los derechos conquistados y le cerraríamos definitivamente las puertas al golpismo y el mesianismo militar.

Mantuvimos viva la memoria hasta que un día todo el andamiaje de impunidad se cayó a pedazos cuando Néstor Kichner bajó los cuadros de los asesinos Videla y Bignone de los salones del Colegio Militar.

Hoy repetimos: ni olvido, ni perdón. Por los 30.000 compañeras y compañeros desaparecides seguimos buscando justicia, sus cuerpos y a los cientos de hijos e hijas que permanecen en manos de los secuestradores, despojados de su historia y su identidad.

Hace 35 años cantábamos en las calles,

y hoy seguimos cantando:

Milicos, muy mal paridos

Qué es lo que han hecho con los desaparecidos

La deuda externa, la corrupción

son la peor mierda que ha tenido la nación

¿Qué pasó con las Malvinas?

Esos pibes ya no están

No podemos olvidarnos 

y por eso hay que luchar”