Desafíos y encrucijadas ante la crisis del neoliberalismo.

Hace 17 días que uno de los pulmones de nuestro planeta se prende fuego. 68 reservas naturales arrasadas, 34 millones de personas en peligro y miles de hectáreas alcanzadas por las llamas. Una gran parte de la biodiversidad de nuestro planeta y fuente de la vida, convirtiéndose en cenizas.

Si bien los incendios en el Amazonia no son nuevos, el actual presidente de Brasil, Bolsonaro, desde su asunción se mostró públicamente a favor de la expansión de la frontera agropecuaria y la instalación de mineras y petroleras multinacionales en la región, incluso prometiendo abrir paso a la explotación sobre tierras indígenas protegidas por la Constitución. No es nada nuevo que los incendios forestales son un método eficaz para avanzar sobre la frontera extractivista. El incentivo oficial y la falta de controles y políticas al respecto, son un combo perfecto para la explotación y destrucción de la Amazonia.

Este año, de acuerdo con los registros del centro de investigación espacial de Brasil (INPE), los incendios forestales en el pulmón verde del planeta llevan una suma récord de 72.843 focos, un aumento de 83% frente al mismo período de 2018.

Bolsonaro ante esta situación, en vez de generar políticas al respecto y dar con los responsables, desplazó al director de la entidad acusándolo de fomentar una ‘’imagen pésima de Brasil’’. Ahora, sobre los incendios de los últimos días, no hace más que echar culpas, con la excusa de querer desprestigiar su gobierno, a quienes vienen resistiendo el avance extractivista sobre el Amazonas.

No son catástrofes naturales

Los incendios en el Amazonas, así como las sequias, las inundaciones y las altas o bajas temperaturas en nuestro planeta, no son en sí mismo fenómenos de la naturaleza o climáticos, ni mucho menos desgracias del destino o de alguna divinidad, son producto de modelos de desarrollo socioeconómico y político específicos, que generan desigualdades sociales y ambientales, desequilibrando ecosistemas y pensados para afuera de Nuestra América. Tienen un anclaje local, de alcance transnacional y se dinamizan sobre la lógica rentística de convertir a la naturaleza en moneda, valor de cambio, comoditie, bienes de lujo e insumos para industrias y fuentes de energía contaminantes y no renovables.

Estamos hablando de modelos de mal desarrollo, como definieron Maristella Svampa y Enrique Viale en su libro publicado en el 2014.

Estas dinámicas extractivistas ignoran completamente el valor de los ecosistemas, sus ciclos, el ambiente y la biodiversidad de nuestro planeta. Todo se transforma en mercancías que no garantizan derechos sino que generan desigualdades y acumulación de riqueza monetaria, mientras se destruyen las fuentes de la vida de nuestro planeta. Además, estas dinámicas de mal desarrollo son totalmente ajenas a la justicia social, se realizan a espaldas de las comunidades y no solucionan los problemas habitacionales, de empleo, pobreza y hambre de nuestros pueblos.

La eliminación de ecosistemas y bosques nativos, la contaminación de acuíferos y comunidades en beneficio del agronegocio, la minería y la explotación de hidrocarburos, no son cuestiones exclusivas de Brasil y tampoco de su gobierno.
En Argentina, la frontera de la soja transgénica avanza junto con el fracking en Vaca Muerta y la megaminería a cielo abierto. En las ciudades también asistimos al avance de la especulación inmobiliaria en beneficio de la privatización de espacios públicos y verdes, a costa de los problemas ambientales y habitacionales de las mayorías.

Frente a estos modelos extractivistas, es necesario hacerse algunas preguntas en clave de desafíos para pensar el futuro, para reflexionar sobre que queremos construir como alternativa al neoliberalismo. Pensar de qué manera queremos enfrentar la crisis económica, la emergencia climática, ambiental y social, y que tipo de proyecto queremos construir para terminar con las problemáticas estructurales de nuestro país y Nuestra América.

No podemos cometer los mismos errores del presente y del pasado. Cientos de años de extractivismo pesan sobre Nuestra América, que con diferentes matices, no ha sido ajeno a gobiernos tanto neoliberales como neodesarrollistas y progresistas.

El cambio climático es una realidad, pero el término es insuficiente si no lo profundizamos. El mismo tiene en sus principales causas la explotación e industria ganadera, la expansión de los monocultivos, la explotación hidrocarburífera y los hábitos de consumo de nuestras sociedades. Debemos enfrentar estas problemáticas con firmeza, estrategias y políticas públicas integrales y transversales.

Es imprescindible no caer en posiciones catastrofistas que no hacen más que alimentar la resignación, inmovilizando a nuestros pueblos. Hay que construir esperanza basada en las alternativas disponibles para una transición ecológica. Pensar y construir un país y una América sobre las ruinas del neoliberalismo, que impulse la democracia participativa, la agroecología, la economía circular, energías renovables, educación ambiental, los derechos humanos y de la naturaleza, la justicia social, ambiental y el buen vivir. Todo esto es posible, solo falta voluntad política y ejecución de programas y estrategias pensadas con hipótesis de conflicto, consensos y acuerdos para enfrentar los desafíos y encrucijadas que nos traen estos tiempos.

Nuestro país ya declaro la Emergencia Climática y ahora es imperante poner en práctica políticas acordes a ello. Configurar una visión de Estado en pos de una transición ecológica, en que todos los ministerios trabajen codo a codo, desde una visión ambientalista y ecológica integral, transversal y estratégica para llevar a cabo las transformaciones necesarias para frenar el aumento de las emisiones de carbono y las injusticias sociales y ambientales de nuestros pueblos.

«Sólo después que el último árbol sea cortado, sólo después que el último río haya sido envenenado, sólo después que el último pez haya sido atrapado, sólo entonces nos daremos cuenta que no nos podemos comer el dinero»

Por Facundo Sanseverino, equipo Somos Ambiente.