En el 2019 que termina, se cumplieron 25 años de la aparición pública del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Su irrupción se produjo en la Selva Lacandona y en varias de las principales ciudades del Estado de Chiapas, México.

Para quienes vivimos ese momento a través de los medios, y de una internet que empezaba a popularizarse, fue un impacto que nos marcó por su originalidad y por la claridad ideológica de muchos de los principales contenidos de las proclamas zapatistas.

Hacía poquitos años, en 1991, había comenzado la debacle del mundo socialista, y de esta forma el discurso único del final de la historia, la hegemonía absoluta de los Estados Unidos y la omnipresencia el modelo conservador impuesto por el presidente Reagan (continuado luego por Bush padre), se presentaban como el único camino posible para toda la humanidad.

Como consecuencia las privatizaciones, el achicamiento del estado, el potenciamiento de la corrupción política, la desaparición masiva de fuentes de trabajo y el aumento de la pobreza e indigencia estructurales, sumieron a buena parte de Latinoamérica en una crisis cuyos coletazos aún vivimos.

El volcán inesperado

El zapatismo de 1994 retomó varias de las banderas revolucionarias de su homónimo de principios del Siglo XX, pero les dio un nuevo contenido, y sus fusiles resonaron para marcar que no todo estaba perdido, que las masas oprimidas de México, pero también del continente, tenían un espejo de resistencia para mirarse.

Como un volcán dormido que hacía erupción en el momento más inesperado, el levantamiento de Chiapas llenó de lava y cenizas el horizonte de quienes se habían resignado a solo “humanizar el modelo” y pregonaban la rendición.

De pronto todo el aparato ideológico del neoliberalismo, impuesto por múltiples vías y con un costo de miles de millones de dólares anuales, crujía (y feo) con la aparición de un grupo de guerrilleros y guerrilleras, mayoritariamente indígenas que enfrentaba -y vencía- al estado mejicano a apenas unos cientos de kilómetros de la frontera con los Estados Unidos.

El desencadenante de la rebelión del 1 de enero de 1994, fue la entrada en vigencia del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA por sus siglas en inglés). Los zapatistas alertaron con su sublevación sobre el carácter mentiroso y desigual que tenía el acuerdo para con los mexicanos; y subrayaron que con él se resentiría la soberanía nacional y la calidad de vida de millones de personas. El tiempo demostró que no se equivocaban.

Pero por detrás del detonante puntual, el EZLN tuvo la virtud de canalizar y poner sobre la mesa el estado de opresión histórica en que vivían los pueblos originarios. La denuncia sobre su situación de permanente pobreza, la visibilización del despojo de sus tierras ancestrales, del desprecio a su cultura y lenguas milenarias y del racismo de los blancos encaramados en el Estado, fue realizada con tanta firmeza que rápidamente fue tomada como propia por una multitud de comunidades de todo el continente.

Pasamontañas para mostrar el rostro oculto del continente

El cachetazo zapatista en la boca misma de un neoliberalismo conservador que se encontraba en su momento de gloria, no solo fue sonoro por la vía de las armas sino también por su original comunicación, basada en proclamas político – reivindicativas que usaban de manera llamativa la poesía, la historia y la ironía. A esto se le sumó la inteligente utilización de internet, lo que le permitió generar una amplia red internacional de solidaridad que resultó muy efectiva para romper el cerco mediático.

Otro elemento distintivo del zapatismo fue su reivindicación constante de la organización popular, expresada en asambleas y en distintos tipos de instancias de base que hablaban colectivamente a través de una sola voz: el subcomandante Marcos (hoy subcomandante Galeano).

La idea de que esta era una rebelión sin rostros individuales pero que expresaba a millones de rostros silenciados por 500 años, se tradujo en los pasamontañas que los/las combatientes del EZLN llevaban en todo momento. Esto, que si bien comenzó como una medida de seguridad para evitar la represión, con el tiempo se transformó en un símbolo que representaba el espíritu colectivo del movimiento; espíritu que se expresó en una frase que apareció escrita en muchísimas paredes: “Para todos todo, para nosotros nada”.

En un tiempo donde se idealizaba el individualismo y se consagraba de manera cuasi religiosa el éxito personal, traducido en una acumulación vergonzosa de riqueza, el zapatismo mostró la potencia de lo colectivo y la importancia de la organización. Esas señales que llegaban de lugares tan sonoros como San Cristobal de las Casas, Ocosingo, Lacandona o Chanal sirvieron como ejemplo y de a poco en muchos lugares muy lejanos a México la resistencia al neoliberalismo comenzó a tomar fuerzas para dejar de ser testimonial y empezar a buscar los caminos hacia el poder político.

Hijas e hijos de la erupción

De aquella erupción inicial y de los terremotos subsiguientes quedó planteado un panorama político complejo para los neoliberales. Si bien el EZLN no pudo transformarse en la base de los cambios que México necesitaba, la potencia con que expuso la injusticia y las desigualdades sociales y económicas marcaron a fuego la política de ese país.

Algo similar pasó en el resto de continente. La reivindicación de nuestras historias nacionales, la reinterpretación del legado de nuestros próceres, el reconocimiento del rol de los pueblos originarios y su legado cultural fue creciendo hasta tomar un lugar importante en las agendas políticas.

También quedó a la vista que el fin de la historia proclamado por la cultura liberal era un engaño y que el mundo proyectado desde las ideas del Consenso de Washington no solo podía ser enfrentado sino que era necesario derrotarlo, para garantizar justicia social y soberanía popular.

Había algo en el aire de aquellos años, una necesidad de cambio pero que aún no encontraba cauce ni formas organizativas que fueran más allá del estallido. En Argentina, por ejemplo, el 16 de diciembre de 1993, apenas 14 días antes del levantamiento zapatista, se desencadenaba el Santiagueñazo; allí el pueblo de Santiago del Estero se puso de pie para reclamar contra el ajuste al que lo sometía la administración Menem – Cavallo, pero también contra la corrupción y los privilegios de un sector de la política que había tomado a la provincia como su feudo personal.

Luego, durante los años ‘96 y ‘97 las puebladas de Cutral Có y Plaza Huincul expresaron la furia contenida de miles de personas que habían sido arrojadas a la pobreza gracias a la privatización de YPF con la consiguiente caída de empleos y cierres de pozos. Las enormes asambleas que le dieron fuego a aquel reclamo tenían el mismo detonante que en Chiapas: el neoliberalismo nos había vendido espejitos de colores a cambio de la riqueza del país y la marginación de millones. No es casualidad que allí, en las barricadas que humeaban en las rutas del sur naciera el movimiento piquetero.

Por otro lado el Foro de San Pablo, fundado por el Partido de los Trabajadores de Brasil en 1990, recibió en el ‘94 un gran impulso y se consolidó como el espacio de discusión de izquierda y pluralista, orientado a darle consistencia ideológica al conjunto de los movimientos que poco a poco comenzaban a aglutinarse en diferentes países de la región.

El motor que en los años subsiguientes impulsó la aparición de gobiernos populares se alimentó (y aún lo hace) de aquellas y aquellos que vimos en el levantamiento zapatista un viento de cambio, rebelde, vivo, enraizado en el pueblo y tan americano que hizo florecer nuevamente el ideario de la Patria Grande.

Hoy la realidad nos convoca una vez más a repensar y lanzarnos a reparar el daño que han provocado los que demuelen derechos para enriquecerse. Cada época, cada momento político es único e irrepetible, pero siempre es posible reconocer algunos elementos del pasado que nos pueden ayudar a reinterpretar el presente y adecuar las mejores herramientas para enfrentar los desafíos actuales.

Argentina en este presente regional está sola, es una excepción frente a nuestros vecinos que viven procesos políticos de retroceso, mientras que la gestión de Alberto Fernández comienza a desarrollar una serie de medidas de contenido popular y redistributivo, totalmente opuestas a las recetas que seguía el equipo de gerentes que nos gobernó, y saqueó, hasta hace apenas 20 días.

Por otra parte la derecha ha vuelto con fuerza, y busca afianzarse bajo la tutela de los Estados Unidos. Si miramos más allá de nuestras fronteras veremos que el golpe de Bolivia, tan evidente como miserable, no ha tenido ni el repudio ni el rechazo que uno esperaría de los organismos internacionales continentales. El gobierno de Bolsonaro, rezumando políticas económicas ortodoxas y fascismo, despliega fracasos sociales, ecocidio, homofobia, racismo y xenofobía como hace muchísimas décadas no se veía. En Chile el presidente Piñera no encuentra respuestas que puedan calmar la furia de un pueblo agotado de vivir en un sistema altamente injusto donde los pobres pagan el pato en la fiesta de los supermillonarios. En Uruguay el Frente Amplio perdió el gobierno y se apresta a ser oposición de una administración que enarbola los mismos principios ideológicos que Macri, y que por lo cual es muy difícil augurarle un destino diferente al que tuvo Cambiemos.

Pero este momento tan particular también nos brinda una nueva oportunidad para ser mejores, para encontrar salidas colectivas y poner el interés de las mayorías por encima de las mezquindades individuales.

Como ocurrió en los ‘90 con el zapatismo, ahora estamos llamados a demostrar que hay otro camino posible; que las organizaciones sociales -hijas de los procesos de resistencia- ahora pueden ser parte de la ofensiva contra la pobreza y en favor de la construcción de nuevas fuentes de trabajo. Inclusión, honestidad, austeridad y generosidad han sido históricamente parte de nuestro credo y estamos convocados a ponerlo otra vez en práctica.

Por ello desarrollamos los comedores, las ollas populares, los emprendimientos laborales, las cooperativas, los talleres, las organizaciones juveniles, las campañas de talla y peso, las escuelas de alfabetización y de educación popular, entre otras muchas actividades.

Durante todos estos años fuimos el dique de contención que tuvo que dar la batalla en la primera línea contra el hambre, la desesperanza, los despidos y el crecimiento narco. Y esto lo hicimos porque tomamos como nuestra aquella frase que resonó en Chiapas hace ya casi 26 años atrás: Para todos todo, para nosotros nada.

No es una tarea pequeña pero por suerte nacimos para levantar estas banderas, las mejores.

Este ha sido un 2019 difícil con un final que le abrió la puerta a la esperanza, hagamos del 2020 el inicio de un tiempo mejor!

Buen año Amigues!

Feminismo zapatista
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