Hay vidas que salvar, hay futuros que debemos garantizar empezando ahora, sin dudarlo más y sin agitar odios vacíos.

Los datos están ahí, a la vista de todos aquellos que quieran reconocer la realidad.

El secretario de Salud de la Nación dijo hace muy poco que el principal problema sanitario del país es la mala alimentación.

El Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) expuso en su último informe que el 40 por ciento de niñas y niños argentinos comen al menos una vez al día en algún comedor (de la escuela, de la iglesia, de los movimientos sociales o de vecinos solidarios).

El Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) describió con números que deberían darnos vergüenza que uno de cada tres menores están en situación de indigencia, lo cual implica serio riesgo alimentario. El programa Paicor, en nuestra rica Córdoba, admite que la mitad de la matrícula escolar provincial hoy tiene que alimentarse de sus raciones.

Tapar el Sol

A pesar de eso, de lo contundentes y terribles de estos números, el secretario de Cultura de la Nación, Pablo Avelluto, dijo que en la Argentina hay pobreza, pero no hay hambre; y que el reclamo por la declaración de la emergencia alimentaria es apenas un “eslogan de campaña”. Una posición que parece compartir buena parte del Poder Ejecutivo Nacional.

Lamento decirle a Avelluto que no es así y le pido que no intente tapar el Sol con un dedo. Que las organizaciones sociales que nos movilizamos desde hace tiempo por la emergencia alimentaria no hacemos eslóganes.

Estamos en las calles para exigir una respuesta a un problema real: el hambre que golpea con especial saña a los más chicos y que se ha transformado en estos años en un agobio muy concreto para millones de argentinas y argentinos.

Bomba de tiempo

Hoy, mientras usted lee estas líneas, hay hogares donde padres y madres desesperados tienen que elegir quién va a comer esta noche o mañana. Personas a las que conseguir una changa apenas si les alcanza para garantizar unos pocos fideos, nada de carne y un yerbeado con algo de azúcar y mucha agua.

A esa realidad, no la quieren ver quienes toman decisiones de fondo en el país. Incluso, y a pesar de las evidencias de que estamos frente a una bomba de tiempo social, no faltan quienes reducen las marchas de los movimientos populares a “problemas de tránsito” o al “caos urbano”.

Nosotras y nosotros, quienes les ponemos el pecho todos los días a esta situación, quienes nos levantamos pensando diariamente qué vamos a colocar en la olla de los comedores, sólo queremos plantearles a quienes nos gobiernan: no se equivoquen… No se equivoquen otra vez.

El hambre existe, crece y se multiplica casi a la misma velocidad con la que los funcionarios se preocupan más por el precio del dólar que por el de un litro de leche.

Soluciones necesarias

La emergencia alimentaria es la única respuesta que cabe en esta coyuntura. Declararla de forma inmediata y articularla de manera efectiva para que llegue a quienes lo necesitan con urgencia es una obligación de Estado.

Hay vidas que salvar, hay futuros que debemos garantizar empezando ahora, sin dudarlo más y sin agitar odios vacíos que sólo ponen a pobres contra pobres.

Confiamos en que estos temas se podrán discutir en el Congreso de la Nación y en los ámbitos de poder tanto nacionales como provinciales y municipales y, sin esconder bajo la alfombra el sufrimiento de millones, comenzar a construir en forma solidaria las soluciones que necesitamos.

Silvia Quevedo – Coordinadora de Barrios de Pie Córdoba

Nota publicada en La Voz