No hay bronce que pueda reflejar la grandeza de Evita. No hay dolor que pueda reflejar el dolor que sintieron sus cabecitas negras, sus descamisados, cuando un 26 de julio escucharon el anuncio de su fallecimiento. Pero recordemos también que no hay odio que iguale al odio que siempre sintió la oligarquía por «esa mujer», que hizo de la justicia social su acción y su bandera.

Evita, la contradictoria en muchas cosas, salvo en el amor a su pueblo y a Perón, nos transmite hasta hoy su mejor legado, la posibilidad de pensar un país con inclusión, derechos sociales y sin pobreza.

Por eso cuando Macri y los suyos repiquetan contra los «70 años de decadencia argentina» se refieran también a ella y a su voluntad inquebrantable de construir una patria con lugar para todos, con trabajo y bienestar.

Y por esa misma razón, Evita es un pedazo de pasado que no para de nacer, que retorna para hacerse más fuerte entre nuestras manos y gargantas, para conducirnos otra vez.

Evita es una llama que no se apaga jamás y eso ya nadie lo puede desmentir.

Néstor Moccia

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