El HAMBRE (sí, con mayúsculas, para que nadie se haga el distraído ni lo minimice) es un problema estructural de nuestro país, nunca resuelto, enredado como concepto en frases de marketing y de propaganda política. Sobre el HAMBRE mucho se ha dicho y mucho se puede decir. Aun así, yo no he leído ni encuentro en mis palabras la forma para expresar el dolor que genera cotidianamente en cada barrio humilde, en cada casa, en cada familia y en cada corazón.

Cuando alguien que nunca lo vivió me pide que la describa solo atino a ver imágenes, las caras de madres y padres cuando sus hijos o hijas les dicen que tienen hambre, en el olor del mate cocido acompañado con un pedazo de pan con el cual hay que conformarse por las noches, con el gusto salado de las lágrimas que se nos caen en silencio y con el ruido que hace nuestro estómago cuando se estruja.

Cuando te sentas a pensar y escuchas que Argentina, con su producción de alimentos, podría dar de comer a varios cientos de millones, te agarra bronca, mucha bronca. El HAMBRE es un crimen y más cuando tenemos la capacidad para solucionarla. 

El HAMBRE viene de la pobreza y de allí uno de los grandes dramas de sociedades desiguales como la nuestra. Históricamente, en los barrios populares, hemos sido quienes peor la pasamos. Sin embargo, somos quienes sufrimos la estigmatización, la discriminación y víctimas de los prejuicios, se opina sobre nuestros cuerpos (la gordura u obesidad como señal de que si tenemos para comer). Nos ven como ladrones, nos señalan como vagos y nos gritan que queremos todo de arriba. Cualquier padre o madre, de cualquier posición social, sabe que alimentar a nuestros hijos en la tarea principal. ¿Como pueden pensar que eso no nos desespera? Nuestra vida consiste en subsistir, en parar la olla, en llevar un plato de comida todos los días. ¿Realmente piensan que los pobres están tirados esperando que le llueva comida?

En los barrios se vive una realidad ineludible, evidente, cotidiana y natural para nosotros los pobres. Cada tanto recibimos recomendaciones de ricos y famosos para poner gallineros, o nos resuelven la vida con frases de autoayuda e invitaciones a tomar clases de pesca con una caña imaginaria, porque a los negros no hay que darles el pescado, hay que enseñarles a pescar. 

Pero la mayoría de las veces, esa realidad permanece oculta como si fuéramos la vergüenza de la sociedad. Y en parte es verdad, somos la verguenza de una sociedad que permite que crezca tanto la desigualdad y la injusticia.  Vergüenza debería darnos a todos que un país con la riqueza como Argentina tenga tantos pibes con hambre, alimentándose a base de pan y caldos, y hasta de los contenedores de la basura del centro.  Vergüenza es que existan pibes malnutridos mientras algunos hacen un video tirando comida desde un helicóptero.

No tiene que venir nadie a contarnos. Vemos como crecen las demandas. Los comedores comunitarios y las copas de leche se llenan de niños, jóvenes y adultos. Se llevan la comida en viandas o se quedan a comerla ahí, en mesas improvisadas o en la vereda. Si fuera por la demanda que existe los comedores funcionarían todos los días para todas las comidas. Ese es el nivel de necesidad que hay.

Esto me dispara otras preguntas, ¿qué futuro se espera que tenga un país en el cual casi la mitad de los chicos come mal? ¿Qué futuro puede tener Argentina mientras exista el HAMBRE? Está comprobado que la falta o mala alimentación en niños genera déficits de desarrollo cognitivo. Con hambre no se puede pensar. Un pibe mal alimentado tiene más complicaciones en la escuela, dificultades de aprendizaje y toda la carga emocional negativa que eso genera. ¿Cual es el futuro de esos pibes? A duras penas superan la primaria y la deserción crece al llegar al secundario. ¿Qué trabajos pueden conseguir?  

Para que quede claro: el HAMBRE es un daño irreversible, los nutrientes que faltaron en el desarrollo no se pueden compensar «más adelante» cuando la economía esté estabilizada y los mercados y el riesgo pais sean los de una sociedad «normal».

Esos pibes nacen marginados del sistema y sin futuro. Tienen una existencia condicionada. Condenar a nuestros niños y a nuestra juventud al hambre es, en definitiva, condenar a la patria.

El proyecto Czekalinski, llevado adelante por el CONICET en 2019, reflejó una de las realidades cotidianas que vivimos. Un grupo de investigadores y voluntarios iniciaron una “dieta” a base de los productos de la canasta básica alimentaria. En apenas 3 meses, dos voluntarias tuvieron que abandonarlo; “Aumento del colesterol y de los triglicéridos, baja de las vitaminas y de peso, alteración del ciclo menstrual, trastorno del sueño, cambio en la sudoración, sensación de deshidratación constante y mal humor son algunos de los síntomas que presentan los participantes”

El HAMBRE opera como un mecanismo de control social. Evita que podamos desarrollarnos personal, profesional y laboralmente. Interrumpe nuestros anhelos y nos ancla al piso. La urgencia nos imposibilita ocuparnos de otros aspectos de nuestras vidas, de pensarnos capaces de asumir proyectos a largo plazo, de formarnos y capacitarnos, de tomar decisiones en base a la reflexión y no en base a la necesidad. El HAMBRE ha sido y sigue siendo un elemento de coerción sobre los sectores populares, una forma de dominar y de someter, la política sabe mucho de eso. No poder comer o comer mal es, lisa y llanamente, un impedimento para nuestro desenvolvimiento como ciudadanos y sujetos de derecho. 

Pero, frente a estas falencias y necesidades, es que hemos recurrido a nuestra creatividad y a la solidaridad con el otro. Aún con esa pesada mochila que cargamos, nos la rebuscamos, nos damos maña y le hacemos frente a la adversidad. No nos conformamos con que esto sea lo natural. En los peores momentos del país, estuvimos de pie, buscandole la vuelta, abrazándonos con el de al lado que estaba en la misma, juntos atravesamos el camino de la necesidad, pusimos de pie comedores, talleres y emprendimientos, nos hemos ganado el pan de cada día a pesar de un sistema que insiste en expulsarnos, que nos discrimina por nuestro origen o color de pie. No nos quedamos ni un segundo en el lugar de víctimas, el ingenio popular es una de nuestras herramientas, de ahí deviene la organización colectiva.

Los movimientos sociales hemos estado al frente de la lucha contra el HAMBRE desde que nacimos, organizándonos en cada comedor, en cada olla popular, en cada plato de comida que pasa de mano en mano. Urge una solución. Es imprescindible un abordaje amplio y en permanente diálogo con quienes sufrimos en carne propia. Necesitamos, como sociedad, recomponer los lazos de solidaridad y empatía. Se requieren más y mejores políticas redistributivas, que quienes más tienen resignen un poco para quienes menos tenemos.

En los barrios arrancamos varios pasos atrás, no me hablen de fuerza de voluntad y logros individuales, el concepto de la meritocracia me rompe mucho los ovarios, nos ha hecho mucho daño, nuestros pibes con hambre y mal comidos no empiezan en términos de igualdad con quienes pueden acceder a todas las comidas. La salida a este drama es colectiva, es a través de la lucha, de la organización y debería involucrar a la sociedad en su conjunto, pues es el futuro del país el que está en juego. Mirar para un costado cada vez que se muere alguien de HAMBRE es un crimen.

Claudia Fleitas – SOMOS ROSARIO