Nuestro país se encuentra en un momento especialmente complejo en el terreno político. La crisis desatada al interior del macrismo luego de la contundente derrota en las PASO del domingo se tradujo en un escenario de inestabilidad económica, fuerte devaluación y caída de la bolsa.

Hasta aquí, quedan a la vista dos cuestiones centrales: por un lado, la endeblez del programa económico del gobierno que se sostenía con piolines hasta el domingo. Por el otro, una movida claramente extorsiva por parte del mercado que quiere condicionar la transición hacia octubre y marcarle la cancha al gobierno entrante.

Hace unos meses atrás el propio ministro Dujovne dio la clave para entender lo que ocurrió el domingo: “Ningún gobierno hizo semejante ajuste sin que se caiga”. Dujovne lo decía con orgullo, como si en Cambiemos hubiesen descubierto la fórmula mágica para castigar a la sociedad, multiplicar el hambre, el desempleo y la pérdida de poder adquisitivo de los salarios sin que nadie se quejara o sin que una ola de indignación popular se los llevara puestos.

Pero esa ola, mezcla de bronca y esperanza, llegó el 11 de agosto y le dio de lleno en la boca del estómago a un presidente que pretende imponernos un modelo económico que ya fracasó al menos tres veces en el pasado. Fracasó en la dictadura, volvió a fracasar con Menem y Cavallo, y de nuevo se pegó un porrazo memorable con De la Rúa. En lo único que han triunfado los neoliberales locales es en consolidar una concentración de la riqueza sin igual, y en el permanente avance sobre los derechos sociales del conjunto de la población.

Pero eso no es gratis desde el punto de vista político, porque una y otra vez lo hacen sobre la base atacar la dignidad y la inteligencia de la gente. Las palabras de Dujovne hoy pueden leerse casi como una profecía que debería estar escrita en la página final de un programa de gobierno que hoy tambalea por el voto popular.

La conferencia de prensa que Macri ofreció ayer solo sirvió para echarle más nafta al fuego. El presidente no buscó abrir canales de diálogo con la oposición y se encerró en sí mismo. Puso las culpas sobre cómo había votado la gente y, en cierta forma, alimentó un odio de clase hacia los que piensan distinto, que se encendió en las redes como un reguero de pólvora. Es que avivar la grieta en un momento tan delicado es extremadamente peligroso, y lo que pase de aquí en adelante será su exclusiva responsabilidad.

Si realmente el oficialismo quisiera jugar una carta en favor del país debería cambiar radicalmente el rumbo económico del país. Es decir: debería atender las consecuencias sociales del desastre que causó, poner en marcha políticas de desarrollo industrial, darle fin a la promoción de la bicicleta financiera, y renegociar YA con el FMI un nuevo cronograma de pagos. El dinero que produce el país debe ser utilizado en su desarrollo y no se vaya por la canaleta doble de los intereses y la fuga de capitales.

Estos no son tiempos para fomentar discursos de intolerancia, revanchismo u odio. Es el momento de abrir la jugada, y de asumir que la sociedad ha dado un mensaje muy claro: hay que cambiar el rumbo.

Nestor Moccia