Acerca de los operativos alimentarios en la ciudad de Rosario

Se van agrupando personas. Están distanciadas entre sí pero son muchas y llaman la atención en estos tiempos de calles desiertas. Todos con barbijos y guantes. Pero no hay ninguna sucursal del banco cerca. Quienes observan desde las ventanas o portones de sus casas sienten curiosidad. Al mirar al grupo un poco más en detalle se percibe su heterogeneidad. Pecheras blancas de la Municipalidad de Rosario, pecheras azules del gobierno de la provincia de Santa Fe, organizaciones sociales con sus remeras y abrigos con su identificación estampada, la presencia del Instituto Nacional contra la Discriminación (INADI), el verde camuflaje de los uniformes del Ejercito Argentino y de la Fuerza Aérea y, también, los infaltables veteranos de Malvinas.

En tiempos de la pandemia del Coronavirus, los cimientos de las sociedades y gobiernos se han visto sacudidos. Es un contexto que conmueve, donde abundan los temores y afloran las ausencias y las faltas. Hay una sensibilidad latente, profunda, generada por la situación que atraviesa el país y el mundo, la humanidad entera. Esta sensibilidad se suma a las ya existentes.

Nuestro país tiene una deuda pendiente, consigo mismo. Una deuda que cruza transversalmente a la sociedad y que reparte distintos niveles de responsabilidades. Esa deuda tiene nombre; el hambre. Una palabra, un concepto, una realidad que duele. Duele pronunciarla, duele verla pero aún más duele sentirla.

El coronavirus llegó a la Argentina sin avisar. Una fiebre inoportuna que nos agarró en el medio de la ardua tarea de reconstruir al país. Si, nos tomó por sorpresa en el peor momento, con un Estado golpeado y cortado, una economía arruinada y endeudada por muchos años. Con organizaciones sociales fuertes y nutridas acostumbradas a resistir y a luchar, ahora embarcadas en la nueva tarea de ser parte del Estado nacional y provincial y municipal.

Afortunadamente, tenemos algunas herramientas para hacerle frente a la pandemia que arrasa con el mundo, una de ellas es la que siempre fue parte esencial de las organizaciones sociales, la solidaridad. Esa que hoy nuestra patria lleva como bandera para enfrentar al virus. La otra es la organización colectiva y la capacidad de llevar adelante acciones conjuntas, caminos de unidad, algo de lo que también los movimientos sociales saben bastante.

Volvamos a la imagen de ese heterogéneo agrupamiento de personas en la calle. Allí están esperando para comenzar con su tarea. Como siempre que hay organización, hay voces, conversaciones y risas, por que la alegría es lo último que debe perderse, se trata de una forma de concebir nuestra existencia. Llega el camión y se forman dos largas filas, casi 100 personas en total, detrás. Se agarra una bolsa en cada mano y se arranca a caminar. En cada bolsa, unos 10 kilos de alimentos no perecederos. Las indicaciones son claras, ir puerta por puerta y repartir en todas las viviendas de cada cuadra. Retornar al camión, buscar más bolsas y seguir. Recorrer el barrio e intentar llegar a la mayor cantidad de familias posible.

Esa es la mecánica de la tarea que empezó a desarrollarse hace unas semanas en Rosario y que esta semana viene dándose a diario en distintos barrios humildes de la ciudad. Este tipo de operativos hoy corren por detrás de la demanda, son medidas paliativas y no terminan con el problema, pero son fundamentales. En los sectores más golpeados de nuestra sociedad, la pandemia vino a reforzar las necesidades, allí existen en su mayoría modalidades de trabajo informal y changas, lo que expone a millones personas a una mayor vulnerabilidad cuando se enfrentan a la la imposibilidad de salir a trabajar.

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Así como es fundamental evitar la propagación del virus y colapsar el sistema sanitario del país, también lo es evitar que se siga instalando el hambre en los barrios. Daniel Menéndez, subsecretario de Economía Social del Ministerio de Desarrollo Nacional y coordinador nacional de Barrios de Pie, lo explica muy sencillamente; “Hoy el Estado está presente y el liderazgo del presidente Alberto Fernández es muy claro. Se acompaña en este tiempo de emergencia de manera directa a quienes menos tienen. Estamos articulando y generando las respuestas necesarias para salir adelante de esto”

Las políticas sociales prosperan mucho más cuando se dan por medio de la articulación. Esto se vuelve palpable en cada uno de estos operativos. Ahí se observa como se dejan de lado las diferencias, de origen, de concepción del mundo, políticas y culturales. Solo entre todos podremos combatir al virus y evitar el sufrimiento de nuestros compatriotas.
La solidaridad a flor de piel casi palpable. Desde las entradas de sus viviendas, los mismos vecinos del barrio indicaban donde habían más familias, por dónde y hasta donde ir, facilitando la tarea y garantizando que nadie se quede sin recibir alimentos. Incluso, estaban aquellos quienes rechazaban la comida explicando que sus vecinos lo necesitaban mas.

Como dijo el presidente Alberto Fernández, piloto de esta tormenta pandémica, la solidaridad es nuestra bandera y es infinita. La militancia y el compromiso social en estas últimas semanas se multiplicaron, se redoblaron los esfuerzos, se está poniendo todo el corazón para salir adelante y cuidarnos entre todos. Nadie se salva solo.

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