Llueve sobre mojado. La pandemia de Covid-19 llegó a los barrios populares en la Argentina y desnudó una infinidad de problemáticas. Enhorabuena los medios de comunicación y amplios sectores de la sociedad comienzan preocuparse por nuestros barrios. Lo venimos diciendo hace años y si lo decimos es porque lo vivimos. La precariedad de las viviendas, barrios inaccesibles a los servicios de emergencia, la recolección de residuos que no llega más, la falta de agua y de servicios básicos. La periferia olvidada.

Vuelven a ser noticia nuestros barrios y las ollas populares. Lamentablemente, nunca dejamos de hacerlas, décadas de pobreza, desidia y derechos vulnerados. Nuestro sueño es no tener que hacer mas ollas y que cada vecino del barrio pueda comer en su casa, que tenga un trabajo digno y no tenga que venir a hacer filas en nuestros centros comunitarios por que tiene hambre.

El estallido de la pandemia hizo que nuestros Centros Comunitarios desbordaran. Se duplicaron y hasta triplicaron las personas que asisten para recibir un plato de comida para el almuerzo, la merienda o la cena. Nuestros roperitos duran menos de una hora, los barbijos se acaban. En el barrio la conciencia de cuidarse está, lo que falta son los recursos y la información precisa y entendible.

La realidad de nuestro movimiento es la realidad de todos los movimientos sociales del país. Hemos tenido que redoblar los esfuerzos para lograr cumplir con la demanda de comida, porque sabemos muy bien lo doloroso que es decirle a un vecino que ya no nos quedó nada.

Veamos algunos números, para que hacerlo más gráfico:

En Rosario, tenemos 57 Centros Comunitarios distribuidos en todos los distritos y en cada barrio. Todos experimentaron esa creciente demanda. Según nuestros relevamientos, en promedio, cada Centro Comunitario asiste, diariamente, con alguna de las comidas, a 200 personas. Casi 12.000 personas al día dependen de esos alimentos. Cada mes, en promedio, se distribuyen 240.000 raciones de comida.

Eso es solo en cuestiones alimentarias que, hoy por hoy, es lo más urgente. Pero nuestros Centros Comunitarios, antes de la pandemia, funcionaban como núcleos de contención de los jóvenes, espacios para organizarse por el barrio, para mejorarlo, para aportar soluciones frente a la evidencia de que el Estado no llega. Son espacios de amor, de cuidado, de compañerismo, de solidaridad y de lucha. Son la primera de línea de contención.

La pandemia terminó de demostrar que la solidaridad aflora mucho más allí donde menos se tiene. Los compañeros de cada barrio, superando o conviviendo con las adversidad de su cotidianeidad, se levantan todas las mañanas pensando en el otro, buscando soluciones y a seguir peleando por una realidad más justa.

Nuestros barrios populares reclaman atención, urgen proyectos de urbanización, la llegada de agua corriente y de servicios básicos. La realidad que emerja, pos pandemia, tendrá que seguir contando con el protagonismo de los movimientos sociales y comunitarios. Articular políticas públicas con quienes viven la realidad del territorio es fundamental e inapelable.

La salida es colectiva y priorizando a los de abajo. La patria está en los barrios populares.