Disculpen si arranco diciendo una obviedad: nunca es un buen momento para una pandemia. Pero para ser sinceros esta peste del coronavirus nos ha tocado en una coyuntura extremadamente compleja.

En el plano internacional el mundo se mueve y se detiene bajo el influjo de una guerra de desgaste comercial entre China y los Estados Unidos. Ambas potencias están decididas a prevalecer utilizando todas las herramientas a su alcance: arancelamientos a los productos de uno y otro país, conquista de nuevos mercados, disputa por precios y beneficios impositivos de todo tipo para inversores locales y extranjeros. El resultado ha sido hasta aquí una creciente desaceleración del crecimiento económico a nivel global que ha impactado en el precio de los productos primarios (alimentos, petróleo, minerales) que se producen en los países de la periferia.

Si a principios del siglo 21 el impulso de China empujó hacia arriba el precio de los granos, los combustibles y el cobre, desde hace unos años a esta parte el proceso se ha revertido de manera notable. Por supuesto la expansión del Coronavirus, que tuvo al gigante asiático como epicentro, solo ha empeorado las cosas, en particular en otro “motor” de la economía mundial: Europa, continente que a duras penas parecía empezar a dar señales de que podría encaminarse a una recuperación luego de la crisis del 2008. Lamentablemente para ellos esa tibia recuperación ha quedado en la nada a la luz de los últimos acontecimientos.

En ese contexto Argentina no es una excepción. El precio de la soja y de sus derivados se ha desmoronado de manera sostenida por la llegada de nuevos jugadores mundiales y por una baja en la demanda. La exportación de otros productos como el maíz, el trigo, la carne o los biocombustibles no han podido evitar que el ingreso de dólares sean menores año tras año.

Malas gestiones, pésimas decisiones

Este oscuro panorama se hizo todavía más denso e involutivo cuando el macrismo llegó al gobierno para aplicar viejas recetas ortodoxas, que una vez más fracasaron para el conjunto de los argentinos y argentinas, pero que sirvió para enriquecer a los socios y amigos del autodenominado “mejor equipo de los últimos 50 años”.

Luego de largos cuatro años de un gobierno que puso de rodillas al país, que nos endeudó para fugar miles de millones de dólares, que liquidó el siempre frágil aparato productivo del país, que multiplicó la desocupación, y que recortó presupuestos en áreas tan sensibles como la salud y la educación, es inevitable pensar que el refrán “sobre llovido, mojado” describe bastante bien la dura coyuntura actual.

Un ejemplo contundente del contexto al que me refiero, es que el Hospital Malbrán -institución sanitaria principal en la batalla contra las enfermedades infecciosas- fue furiosamente atacado durante el macrismo, su personal sufrió una caída de sus ingresos reales de más del 50%, mientras que el equipamiento sensible, con el que se hacen las pruebas necesarias para detectar infectados, se encuentra al borde de su vida útil (fue adquirido en el 2009 y está hecho para durar diez años).

Pero sin dudas los índices de pobreza, hambre, destrucción de puestos de trabajo son un indicativo contundente de lo mal que administró el país Mauricio Macri, y de la pesada mochila que dejó para el futuro de todes.

Pobreza y coronavirus, un cóctel incierto

Llegados a este punto hay otro elemento muy importante a tener en cuenta a la hora de analizar cuáles son las condiciones objetivas que vivimos y que agravan la coyuntura en la que el coronavirus ha llegado: a diferencia de los países europeos o China, Argentina enfrenta esta circunstancia con la debilidad que provocan el hambre, la marginalidad y la miseria. 

Todos los datos con que se cuentan hasta el momento hacen un corte etario para definir las posibilidades de vida o muerte de las personas enfermas con Coronavirus; pero no hay ningún estudio que haga un corte social y nos diga cómo la malnutrición, el hacinamiento, o la falta de agua potable (cosas muy frecuentes en los barrios mas humildes) influyen en las posibilidades de contagio o de sobrevivir al virus. 

Concretamente: la experiencia médica indica que la población de riesgo es aquella que tiene afecciones de base, problemas respiratorios crónicos, que se encuentran bajo tratamiento por el cáncer, o son mayores de 60 años. Pero hasta ahora, por cómo se ha dado la expansión del virus, no sabemos con certeza cómo incidirá en las poblaciones donde realizar las cuatro comidas diarias es una utopía desde hace tiempo.

El peligro es absolutamente real, y ha puesto en guardia a las organizaciones populares que desarrollan gran parte de su tarea en los barrios más castigados por la crisis. El reclamo para que se garantice un ingreso y cobertura alimentaria adecuada para aquellos sectores que dependen de “hacer la diaria” mediante changas, emprendimientos cooperativos o venta ambulante (solo para dar ejemplos comunes) y que en este momento están alcanzados por la inmovilidad impuesta por la cuarentena total, es solo una parte del asunto. Ahora, más que nunca, es necesario un Estado presente, que se una a la experiencia desarrollada por miles de militantes sociales, y que sea capaz de activar soluciones innovadoras y audaces para enfrentar a tormenta.

Sin justicia social la salud es utopía

Tengamos en cuenta cómo se realiza la cobertura mediática sobre cómo se vive la cuarentena. En su abrumadora mayoría vemos notas a gente de clase media que se queda en casa, dejando sus trabajos, sus salidas a correr o a hacer gimnasia, aprovechando el tiempo en largas sesiones de Netflix o leyendo. Pero para cuatro millones de argentinos y argentinas la cosa es bastante más cuesta arriba. En los barrios humildes donde varias personas viven en pequeñas casillas, o en casas precarias, sin servicios básicos y donde hasta el agua debe ser obtenida saliendo a la calle para buscarla en baldes o bidones, la cuarentena se realiza de manera comunitaria (sin salir del sector) y sufriendo fuertemente por lo poder realizar las tareas que proveían del sustento diario.

Esta realidad nos impone una urgencia a mediano y largo plazo: solucionar las  deficiencias estructurales que agrandan la grieta social entre los sectores más pudientes y aquellos que están al borde de caerse del sistema, o ya cayeron hace años. 

Nunca como en este momento han quedado tan expuestas nuestras debilidades de base como sociedad. Seríamos necios si negáramos que nos faltan cuestiones esenciales para dar batalla a la enfermedad como se ha hecho en los países más ricos. Necesitamos de planes de vivienda social que cubran las enormes deficiencias que tenemos; desterremos la idea de que solo la clase media puede acceder a una casa digna. Con ese mismo impulso avancemos también en un programa de largo aliento que haga llegar agua limpia, gas natural y cloacas a millones de argentinos y argentinas que no los tienen.

De la misma forma hay que fortalecer el sistema público de salud, habilitando más y mejores centros de atención primaria, construyendo nuevos hospitales y preparando profesionales que tengan como norte la prevención de las enfermedades reales que campean en la pobreza: la desnutrición / malnutrición, las adicciones, las anemias crónicas, tuberculosis, o afecciones provocadas por la contaminación urbana.

La tarea que nos espera en los tiempos por venir es gigantesca y va mucho más allá del combate a este virus. Como bien dijo hace casi 70 años el doctor Ramón Carrillo, fundador del sistema de salud pública nacional: “Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas.”

La justicia social es la llave y la puerta para cambiar de raíz un modelo de país donde parece que hemos naturalizado la indigencia y caminamos por las calles indiferentes esquivando personas sin hogar que sobreviven en la interperie o apenas cubiertos por unos plásticos y dos frazadas.

Hoy tenemos la fortuna de tener un gobierno que entre sus primeras decisiones tomo la determinación de volver a darle rango ministerial al área de salud y además puso en su cabeza a alguien muy profesional como el doctor Ginés González García. Todo esto fue posible, no por una carambola del destino sino fundamentalmente porque la gente votó por un cambio de rumbo en serio en manos de un gobierno popular. Este logro es algo que debemos potenciar en este trance inédito con nuestro compromiso ciudadano para garantizar la cuarentena, multiplicando la solidaridad y haciéndonos fuertes estrechando lazos a pesar del distanciamiento físico.

Las trampas del individualismo 

Para dar las batallas que nos impone la realidad, tenemos que partir pensar que a esta situación no hemos llegado por casualidad, durante décadas han sembrado entre nosotres la semilla del individualismo.

De esta forma vemos como se multiplican en las redes sociales discursos miserables donde la meritocracia macrista y las visiones darwinistas de la sociedad se mezclan para crear una especie de “sentido común” que indica que la pobreza es fruto de la vagancia, la falta de empeño o incluso de supuestas deficiencias intelectuales de orden racial.

Esas posiciones asumen por estos días nuevos ropajes. Y así vemos a personas que públicamente asumen que no van a seguir las acciones preventivas que las autoridades han impuesto, porque no se les da la gana, o porque no les gusta el gobierno actual, o porque -dicen que- la enfermedad y la muerte no les importan.

A esta epidemia de individualismo, en los últimos tiempos se le han sumado aquellos otros que ven en la cuarentena una forma maquiavélica de cercenar las libertades de circulación o reunión, y denuncian a las recomendaciones médicas como parte de un modelo represivo que hay que romper.

En ambos casos hay una idea de superioridad llamativa, que va contra toda lógica y que pareciera basarse más en una búsqueda enfermiza de diferenciarse que en las necesidades colectivas del momento.

Lo real es que con lo único que hay que romper en esta emergencia es con la inercia de las salidas individuales, asumiendo que estamos ante una situación crítica, extremadamente compleja. A la vista de lo que pasa en China, Estados Unidos, Italia y España, este va a ser un trance doloroso y con alto costo; por eso en esta coyuntura es nuestra obligación poner toda la atención a mantener firme la cuarentena, evitar la expansión del contagio, pero sabiendo que en el largo plazo debemos subsanar todas aquellas debilidades que nos exponen como sociedad.