Decir que el resultado de las PASO fue un mazazo para Macri y los suyos, ya es un lugar común de todos los análisis. Hoy el debate dentro del oficialismo pasa por pensar y llevar adelante una estrategia que los ayude a manejar esa piedra caliente que es la derrota.

De a poco se va vislumbrando que uno de los caminos elegidos por el sector más beligerante de Juntos por el Cambio es el de profundizar la grieta, agitar el odio y mover los peores resortes de nuestra sociedad: el racismo, la xenofobia y el desprecio por los pobres.

Los principales encargados de llevar adelante esta labor son la ministra Patricia Bullrich y el senador, candidato a vice presidente, Miguel Angel Pichetto. Ambos tienen una larga y sinuosa historia. Bullrich proviene originariamente de la izquierda peronista, pero desde los años 90 en adelante protagonizó una mutación hacia la derecha que nunca deja de sorprender. Ella pasó de la consigna de “liberación o dependencia” a ser una de las habitués de la embajada norteamericana; una impulsora de la peores leyes de flexibilización laboral durante el gobierno de De la Rúa; y en la actualidad, se ha transformado en uno de los personajes claves en la idea de darle cada vez más poder a las fuerzas federales para encarar una escalada represiva casi sin precedentes desde la recuperación democrática.

La frase de Bullrich diciendo: “Argentina es un país libre, quien quiera andar armado que ande armado” refleja como pocas la idea de sociedad que sostiene la ministra.

Por su parte Pichetto, quien en su momento jugó fuerte desde su banca sosteniendo la Resolución 125, argumentando en favor de la ley de Interrupción Legal del Embarazo y bancando leyes en favor de la igualdad de género; hoy se ha transformado en una copia local de Bolsonaro. El senador ya no se preocupa por la mesa de los argentinos o de la equidad en el ingreso. Por el contrario, una y otra vez golpea contra la “patria cartonera” y le adjudica los males del país al sector social que más ha sufrido por las pésimas políticas del macrismo. Para él proponer dinamitar una villa, o inducir a perseguir inmigrantes es la respuesta a una situación socio-económica explosiva que se ha construido con ajuste y un endeudamiento gigantesco.

Este discurso tiene un nivel de irrealidad preocupante pero que se ha extendido por varias franjas de la sociedad. Estos planteos rabiosamente antiperonistas se juntan con la idea de que en elecciones de agosto hubo un gigantesco fraude donde el oficialismo (con todas las herramientas del estado a su favor) fue estafado por el mismo sistema electoral que hace cuatro años le dio el triunfo. Personajes como Alfredo Casero, Luis Brandoni, o el director Juan Campanella agitan todos los días desde sus redes que Macri, Vidal y sus votantes han sido víctimas de un robo flagrante gestado desde la oposición (lo que sería un caso único en el mundo).

Lo más complejo es que ese relato es incapaz de ver lo que está pasando hoy en la Argentina.

El hambre, la desocupación, la pérdida de poder adquisitivo, la inflación galopante, la recesión, las fábricas y negocios que cierran todos los días, no figuran en el radar de los fanáticos de Juntos por el Cambio.

Por el contrario, desde sus usinas de opinión se culpabiliza de la situación a los piqueteros, a los trabajadores que resisten a los despidos, a los que piden aumento, o a los que pelean por sus derechos.

No es casual que en estos tiempos se hayan naturalizado los crímenes de odio. Patotas que atacan a gays y lesbianas, gente que se filma burlándose de la necesidad ajena, automovilistas que atropellan a vendedores callejeros en las esquinas, o -lo más brutal- unos enajenados que quemaron con combustible a un mendigo para “limpiar la ciudad”.

Estas acciones no son casuales, son el fruto de un mensaje que baja de arriba hacia abajo, en el que Pichetto y Bullrich son los voceros privilegiados e hiperactivos. Ellos necesitan consolidar una minoría intensa con poder de fuego (en lo electoral, pero también en lo económico y en lo mediático) para condicionar todo lo posible a Alberto Fernández, si es que finalmente se confirma la tendencia general que le dio el triunfo en agosto.

Hace pocos días, Elisa Carrió dijo en un acto que al momento de cerrar las urnas el 27 de octubre, todos debían decir que Macri había ganado las elecciones, “aunque no sepamos si hemos triunfado realmente”, aclaró la diputada. Esto no tiene como objetivo motivar a los fiscales a redoblar el esfuerzo, sino que se apunta a crear un clima dentro de los votantes del oficialismo a rechazar cualquier otro resultado que no sea la victoria de Juntos por el Cambio.

De este modo, se juega con fuego y se coquetea sin vergüenza alguna con posiciones que rayan con el golpismo, quitando legitimidad a las autoridades electas y esmerilando desde el primer minuto la credibilidad del nuevo gobierno.

De nuestra parte no solo deberemos estar alertas, sino trabajar conscientemente para desactivar el discurso de la intolerancia, la división y el discurso de desprecio a los humildes. No debemos permitirle a la derecha que su aparato de noticias falsas y de agresiones permanentes tomen el centro de la escena, porque con esas herramientas no se construye una sociedad mejor, sino una selva donde siempre prevalece el más salvaje.